The original story was published in La Vanguardia on 08 January 2017. Written by . View the original article here.

Unicef ensaya en Nepal un plan para frenar drásticamente la primera causa de muerte de sus niños y se vale de una red de voluntarias en quienes las madres confían

Una, dos, tres, cuatro… Hay que contar las respiraciones que se repiten en un minuto. Vuelta a empezar, que no se distingue bien el movimiento del pecho en este bebé. Una, dos, tres, cuatro… El minutero es viejo y suena poco, pero dura un minuto para medir el riesgo. Una, dos, tres cuatro… Hasta los dos meses, si el bebé tose, está malito y con fiebre, 60 respiraciones en ese minuto son una clara señal de alarma. Hasta un año, serán las 50 respiraciones, y de uno a cinco años, las 40. Puede ser neumonía. Pueden morir.

Las voluntarias lo saben. Ellas son las encargadas por la comunidad de saber de este tema. También de partos, vacunas y diarreas. Desde hace años son la base de un sistema sanitario nepalí que no puede pagarles ni formarles; un sistema que a menudo está a varios días de distancia. Ellas están a pie de casa. Han recibido una sucinta formación de 18 días sobre cómo identificar la neumonía (y sobre partos, cuidados del recién nacido, diarreas, vacunas). Así que saben qué hay que hacer. Algunas aprendieron en sus propias carnes que este mal a veces se cura solo, y a veces se lleva a sus hijos de los brazos. Y saben que identificarlo y tomar un simple antibiótico evita que la vida que dieron desaparezca de la faz de la tierra.

Son 50.000 mujeres que forman el primer frente sanitario de Nepal. Llevan un sari con dos tonos de celeste de Unicef, una bolsa con las mínimas herramientas para asistir a sus vecinos, entre ellos un minutero, y un móvil. Es una red tan eficaz que hasta la policía las utiliza para avisar a la población cuando hace falta. Como en un terremoto. Las elige el grupo de madres de su poblado, reunidas quizá bajo alguno de los árboles sagrados que salpican los caminos. Nadie les paga nada, sólo un poco de formación para atender los problemas de salud más inmediatos. Para todas, aseguran, es un enorme honor.

Una Mujer Voluntaria Comunitaria de Salud utiliza un temporizador ARI para diagnosticar neumonía contando la frecuencia de respiración de un niño menor de cinco años.

Ellas son la base de un ambicioso plan de Unicef para combatir la muerte de niños por neumonía. En Nepal, el 13% de las muertes infantiles. En el mundo, casi un millón de niños sólo en el 2015: 2.500 cada día, una muerte cada 35 segundos. Las cosas han mejorado mucho en los últimos quince años, pero están atascados con la neumonía. “Y tenemos que cambiar las cosas”, dice con sencillez Hendrikus Raaijmakers, responsable de Salud de Unicef en Nepal.

Con ese objetivo Unicef ha diseñado un plan con el que se propone reducir un 20% esa mortalidad y que financia la Fundació La Caixa. Han empezado en Nepal y seguirán en Etiopía y Bolivia. Han de encontrar el método válido en las peores condiciones posibles, que son las que se dan en los países con servicios sanitarios más pobres. Pondrán a prueba varios dispositivos electrónicos que firmas como Phillips están ultimando para medir con mayor precisión las respiraciones de los pequeños. Aparatos que, colocados sobre el pecho o pinzados en un dedo, indiquen
sin lugar a dudas si hay más de 60 respiraciones en un minuto, el indicador más fácil de que puede haber una neumonía. Y han de ser duros, baratos y duraderos, resistentes al frío, al calor, al polvo y a la humedad.

Además, el plan incluye que las farmacéuticas distribuyan el antibiótico básico, la amoxicilina, en una formulación sencilla de usar con bebés: soluble en un poco de leche materna o en una mínima cantidad de agua, allá donde el 80% del agua está contaminada, cargada de Escherichia coli. Y, claro, ha de ser una formulación que no necesite cadena de frío, ni se pudra. “Tenemos ya el antibiótico soluble de seis fabricantes”, cuenta Hayalnesh Tarekegn, que coordina desde Nueva York y en el terreno el proyecto de neumonía de Unicef. “El problema es que esta enfermedad no tiene quién la financie, porque se trata con un medicamento barato y no hay mucho que ganar. Todo el proyecto se paga con 5 millones que pone La Caixa”. Durante dos años financiarán este proyecto que pretende lograr la máxima evidencia científica y práctica sobre el terreno.

Las pruebas en Nepal, y probablemente en Etiopía, comienzan en el mes de mayo. Primero en hospitales, luego en los poblados, en los escenarios donde la neumonía se lleva a los niños sin que los padres sepan aún por qué. Ese es el campo de pruebas de las voluntarias. Lo probarán ellas y los trabajadores sanitarios de los puestos de salud próximos. Unos meses después se hará la evaluación: el uso práctico del aparato, la seguridad que proporciona, su resistencia, la medicación, y cuántos niños menos han muerto… “Lo tenemos que probar en medios muy distintos para que sea un programa validado para todo el mundo, para que la Organización Mundial de la Salud lo haga suyo”.

El plan tiene una tercera tecla que tocar: la neumonía va asociada en muchos países a una gran contaminación, no sólo callejera. También dentro de las casas. “Se cocina en la misma estancia donde se duerme, con carbón o leña, con todo su humo y con mala ventilación. La OMS calcula que la mitad de muertes por neumonía tienen su origen en esa polución dentro de casa”, asegura Hayalnesh Tarekegn.

Nepal introdujo dos vacunas en su programa rutinario de inmunización para proteger a los niños y niñas de las principales causas de neumonía grave: en 2008, la vacuna Haemophilus influenzae tipo b (Hib) y la vacuna neumocócica en 2015 (GAVI, 2015). A pesar de los grandes avances en la lucha contra la neumonía, existe la necesidad de mejores herramientas para diagnosticar la neumonía.

La voluntaria Tulsi Neupane, vecina de Gairi Bisauna, un poblado disperso en las montañas (montañas bajitas, de 1.500 metros, en el país de los ochomiles) donde cada año nace un centenar de niños, se ocupará también de eso, de dar a conocer entre sus vecinas la importancia de no tener humo sobre la cuna. Ella perdió a su primer hijo por neumonía a los 15 años. Y cuando la eligieron voluntaria se propuso que no volviera a pasar. Que todas las mujeres de su comunidad supieran que hay toses que se curan solas y otras que matan pero se pueden evitar. Le avisan de casa de Kabitea, madre de gemelos. Uno de ellos está mal. Un ruido en el pecho angustioso. Es difícil medir las respiraciones sentadas en el suelo. Le ayuda otra de las voluntarias de la zona. Está mal, seguro. Pero no tienen antibiótico y el viernes por la tarde no funciona el puesto de salud más cercano donde tienen amoxicilina en grandes botes. Ya fueron al hospital hace un mes, pero el bebé sólo tomó antibiótico cuatro días. “En los países pobres muchas madres ahorran pastillas, se las guardan. Tienen más hijos”, apunta Tare-kegn, la experta en neumonía de Unicef.

Pero a ellas las creen. Las han elegido las madres y ellas hablan el mismo idioma que sus vecinos. Para muchas familias esa tos y ese respirar agitado de sus bebés son cosa de espíritus y piden sacrificios de gallinas a los curanderos. “Pero nosotras pasamos por la puerta, somos de la comunidad. Una vez fue un niño de 2 años. Ni hablaba ni abría los ojos. Le llevaban al curandero para quitarle los malos espíritus y pedí que me dejaran mirarlo. Me lo llevé a casa y usé el cronómetro. Era neumonía. Le di el antibiótico y empezó a comer a los tres días. Hoy hace 8.º curso. Ahora los curanderos nos apoyan. Ellos también quieren hacer lo mejor. Las familias siguen yendo a ellos, pero cuando ven algo raro, nos los envían a nosotras”, explica Laxmi Dotel, otra de las voluntarias de Gairi Bisauna.

En Nepal se prohibió hace un par de años que las voluntarias dieran medicación, por el riesgo de un mal uso de estos medicamentos. Son personas con cursos de 18 días y las medicinas sólo deberían prescribirlas profesionales. Pero la situación real pudo a las autoridades y se autorizó de nuevo a las voluntarias de zonas remotas. Hay demasiadas poblaciones a dos o tres días de camino del primer centro sanitario, del primer trabajador sanitario. Así que las voluntarias que trabajan por el honor de servir a sus vecinos son imprescindibles para que el antibiótico esté a mano para ese bebé con fiebre y 60 respiraciones por minuto.

Katmandú, Nepal.

El pequeño no está bien. “Ha de ir al hospital”, dice Tulsi a la madre. Pero el padre está en plena cosecha. Las casas del poblado –muchas aún derrumbadas por el terremoto de hace dos años– están desperdigadas entre bosques y caminos empinados por los que suben y bajan mujeres con su cosecha colgada de la frente, hombres a veces en moto, niños y niñas de uniforme escolar. Los únicos todoterreno, aparcados entre búfalos, son los de Unicef.

The original story was published in La Vanguardia on 08 January 2017. Written by. View the original article here.

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